El mito de "a mí no me va a pasar": la psicología detrás de no asegurarse

Fecha de publicacion: 8/Julio/2026

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Micaela Tissieres - La Chica del Seguro

Silueta de una persona ignorando una nube de tormenta, representando el sesgo de optimismo

No es que la gente no entienda los riesgos. Es que el cerebro está diseñado para subestimarlos. Te explico por qué pensamos así, y por qué entenderlo es el primer paso para cambiarlo.

Nadie firma un seguro pensando “esto no me va a servir de nada”. Pero tampoco todo el que no tiene seguro lo decidió de manera consciente y racional. La mayoría de las veces, simplemente, no lo pensó, lo postergó, o creyó en el fondo que a ella o a él, particularmente, “eso” no le iba a pasar. Ese pensamiento tiene nombre en psicología, y entenderlo es clave para dejar de repetirlo.

El sesgo de optimismo, explicado sin tecnicismos

La psicología cognitiva lo llama sesgo de optimismo: la tendencia humana a subestimar sistemáticamente la probabilidad de que nos ocurran eventos negativos, comparado con la probabilidad real, e incluso comparado con lo que le asignamos a otras personas en la misma situación. No es estupidez ni negligencia, es un mecanismo mental que todos tenemos en mayor o menor medida.

Este sesgo cumplió una función evolutiva: un exceso de pesimismo constante sería paralizante. El problema aparece cuando ese optimismo funcional se traslada a decisiones financieras de largo plazo, como la decisión de asegurarse, y termina generando una brecha de protección que no tiene que ver con la falta de recursos, sino con la falta de percepción de riesgo.

”A mí no me va a pasar” convive con las estadísticas, no las contradice

Lo llamativo es que este pensamiento sobrevive incluso cuando la persona conoce las estadísticas. Alguien puede saber perfectamente que los siniestros de auto son frecuentes, que el robo de vehículos en la vía pública representa un porcentaje altísimo de los casos, y aun así pensar que su caso particular va a ser la excepción. La información racional no alcanza para desactivar un sesgo que opera a un nivel distinto: el de la percepción personal del riesgo.

Esto tiene una implicancia directa para quienes trabajamos en comunicación de seguros: bombardear con estadísticas no cambia comportamientos por sí solo. Hace falta conectar el riesgo con una historia, un caso concreto, algo con lo que la persona pueda identificarse emocionalmente, no solo racionalmente.

El costo de posponer la decisión

Cada vez que alguien posterga la contratación de un seguro basado en este sesgo, no está evitando un gasto: está trasladando un riesgo hacia el futuro, sin cobertura, con la esperanza implícita de que el evento no ocurra antes de que finalmente decida protegerse. A veces esa apuesta sale bien. Otras veces, no, y ahí es donde veo las consecuencias más duras de mi trabajo: familias que enfrentan un siniestro grave sin ningún tipo de red financiera detrás.

Mi postura acá es firme: no se trata de vivir con miedo constante al desastre, se trata de reconocer que la probabilidad de que algo nos afecte, tarde o temprano, en algún ramo (salud, patrimonio, vida, movilidad) no es cero para nadie, por más que se sienta así.

Cómo desactivar el sesgo en tus propias decisiones

Algunas estrategias prácticas que ayudan a contrarrestar este mecanismo mental:

  • Pensá en términos de “cuándo”, no de “si”. No planificás para el caso improbable de que pase algo, planificás asumiendo que en algún momento de tu vida algo va a pasar, aunque no sepas cuál ni cuándo.
  • Buscá casos concretos, no solo estadísticas abstractas. Conversar con alguien que atravesó un siniestro sin cobertura suele ser más persuasivo que cualquier informe.
  • Separá la decisión de asegurarte de tu estado de ánimo del día. El sesgo de optimismo se activa más fuerte cuando estamos bien, relajados, sin motivos inmediatos de preocupación. Justo ahí es cuando más conviene revisar tu protección.
  • Convertí la revisión de tu cobertura en un hábito calendarizado, no en una decisión que dependés de “acordarte”.

El sesgo de optimismo no te hace peor persona ni más irresponsable que el resto: te hace humano. Pero conocerlo te da una herramienta que la mayoría no tiene: la posibilidad de tomar la decisión de asegurarte de manera consciente, en lugar de dejar que un mecanismo mental automático la tome por vos. La suerte no paga siniestros. El seguro, sí. Y no hace falta esperar a que la suerte se acabe para entenderlo.

Si conocés a alguien que sigue posponiendo un seguro “porque no le va a pasar”, compartile este artículo. A veces lo que falta no es información, es una forma distinta de mirar el riesgo.

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